Entre los Sorio del siglo XX, Leandro es aquel cuya historia ha dejado las huellas más profundas en los documentos públicos italianos. No por elección propia —al contrario—, sino porque su biografía se cruzó con uno de los puntos calientes del fascismo naciente: el atentado de Gino Lucetti contra Benito Mussolini, el 11 de septiembre de 1926. Desde ese día su vida fue atraída a la órbita de un asunto enorme, y él —un camarero bresciano de veintisiete años, en una habitación de hotel en Roma— terminó en el tribunal, en la cárcel, en el confinamiento y, por último, en la Resistencia. Una trayectoria que vale la pena contar por entero, porque es una de las que muestran qué significaba ser un anarquista italiano en el corazón del siglo XX.
Orígenes brescianos
Leandro Sorio nace en Brescia, en el barrio popular de Chiesanuova, el 30 de marzo de 1899. Es uno de los últimos nacidos del ochocientos, y crece en la Brescia obrera y artesanal de la primera edad giolittiana. Su familia, como tantas en ese barrio, es de extracción popular. Sus padres —de los cuales las fuentes no transmiten los nombres— pertenecen a esa clase de trabajadores urbanos de la provincia lombarda que en los años diez y veinte representó el caldo social de la oposición obrera, tanto socialista como anarquista.
Las fuentes biográficas disponibles —el Dizionario biografico degli anarchici italiani (Biblioteca Franco Serantini, Pisa, 2000), la voz de la Brescia anticapitalista y la voz de Wikipedia que de ellas se deriva— coinciden en describir a Leandro Sorio como “militante desde joven en el movimiento anarquista”. Es un dato significativo: el anarquismo, en Italia, tuvo un arraigo importante primero en las áreas apuanas (Massa-Carrara, donde nacería Gino Lucetti) y en los centros obreros del norte, y en Brescia, a comienzos del siglo XX, existía una pequeña pero vivaz tradición libertaria —hecha de grupos locales, lecturas clandestinas, solidaridad obrera, antimilitarismo.
De su formación política juvenil no conocemos los detalles. Sabemos sin embargo que, como tantos anarquistas de su generación, Leandro Sorio fue probablemente influenciado por las grandes movilizaciones obreras del bienio rojo 1919-1920, por las agitaciones contra la intervención militar en Libia y en la Primera Guerra Mundial, por la figura de Errico Malatesta (el viejo líder histórico del anarquismo italiano, en aquel momento de regreso a Italia tras el largo exilio) y por las primeras agresiones escuadristas fascistas que, también en Brescia, comenzaron a golpear las secciones obreras y socialistas entre 1920 y 1922.
Roma, 1920: la nueva vida de un camarero militante
En 1920 —con apenas 21 años— Leandro Sorio se traslada a Roma. La capital era entonces una ciudad en expansión, capaz de absorber mano de obra del norte obrero y del sur rural. Encuentra trabajo como camarero en el hotel Trento e Trieste, una pensión de nivel medio donde se hospedaban viajeros, militares de paso, profesionales en desplazamiento. El trabajo de camarero era entonces un oficio común para los jóvenes trabajadores migrantes que llegaban a la ciudad: relativamente estable, con comida y alojamiento garantizados, pero mal pagado y sin perspectivas de carrera.
En Roma, Sorio entra en contacto con los grupos anarquistas romanos, una red pequeña pero activa que gravitaba en torno a figuras como Vincenzo Baldazzi, ex Ardito del Popolo, y a círculos históricos como el de San Lorenzo y el de Testaccio. Son los años en que el fascismo, tras la Marcha sobre Roma de octubre de 1922, comienza a estrechar el control sobre el país. La represión contra los anarquistas, ya intensa, se vuelve sistemática. Sin embargo, las facciones más duras de la oposición antifascista —los Arditi del Popolo, los anarquistas individualistas, algunos grupos comunistas disidentes— continúan operando en la clandestinidad.
Hasta qué punto Sorio estaba directamente implicado en estas redes militantes es una cuestión que las fuentes no aclaran. Los documentos policiales posteriores —basados en la llamada “ficha biográfica” del Casellario Politico Centrale— lo describen como un militante anarquista convencido, pero no como un dirigente de organización. Era más bien, según la fórmula de la Biblioteca Franco Serantini, el “factótum del hotel”: el joven bresciano siempre presente, que conocía a todos los clientes, que sabía quién entraba y quién salía, y que —como emergerá dramáticamente en el verano de 1926— podía si era necesario hospedar a alguien en una habitación sin hacerse demasiadas preguntas.
El 11 de septiembre de 1926: el atentado de Porta Pia
Para entender el giro de la vida de Leandro Sorio hay que reconstruir brevemente el contexto. Gino Lucetti era un anarquista de Carrara de 26 años, marmolista de Avenza, que tras haber huido a Francia para sustraerse a las represalias fascistas —había herido en Carrara a un militante fascista en 1925— había regresado clandestinamente a Italia en el verano de 1926 bajo el falso nombre de Ermete Giovannini, con la intención precisa de matar a Mussolini. Se había hospedado en una pensión de via Sant’Agata dei Goti, y en los días previos al atentado se había desplazado a otros refugios seguros ofrecidos por militantes anarquistas romanos. Entre estos alojamientos, según la sentencia del Tribunal Especial, estaba también la habitación de Leandro Sorio en el hotel Trento e Trieste.
La mañana del 11 de septiembre de 1926, a las 10:20, Lucetti se apostó detrás de un quiosco de periódicos en la plaza de Porta Pia, a la altura del entonces bar Nomentano. Cuando pasó el Lancia Lambda negro que llevaba a Mussolini desde Villa Torlonia al Palazzo Chigi, Lucetti lanzó una bomba de mano tipo SIPE —un artefacto de la Primera Guerra Mundial todavía en circulación. La bomba golpeó el borde superior de la ventanilla trasera derecha, rebotó en la carrocería y explotó en el suelo, hiriendo a ocho transeúntes y dejando a Mussolini completamente ileso. Lucetti, armado también con una pistola cargada con proyectiles dum-dum, fue inmovilizado por un transeúnte —un tal Ettore Perondi— antes incluso de poder huir.
El atentado de Porta Pia fue uno de los momentos más dramáticos de la primera fase del régimen fascista. Mussolini, furioso, despidió al jefe de la policía Francesco Crispo Moncada y nombró en su lugar a Arturo Bocchini, que transformaría a la policía italiana en un instrumento de vigilancia de masas durante los quince años siguientes. Pocos meses después, en noviembre de 1926, se promulgarían las “leyes fascistísimas” que instituían el Tribunal Especial para la Defensa del Estado y el régimen del confinamiento policial para los adversarios políticos.
El proceso y la condena a veinte años
Las investigaciones sobre la red romana de Lucetti procedieron rápidamente. El 15 de septiembre de 1926 —cuatro días después del atentado— Leandro Sorio fue detenido en el hotel Trento e Trieste, junto a Stefano Vatteroni, también anarquista de Carrara, paisano y amigo de la infancia de Lucetti. Las acusaciones imputadas a ambos eran gravísimas: “atentado contra la vida de Mussolini, lesiones, tentativa de provocar tumulto público”.
El proceso se celebró ante el Tribunal Especial para la Defensa del Estado —la corte política recién instituida por el régimen— el 11 de junio de 1927. La presidencia estaba a cargo del general Carlo Sanna, ponente el juez Buccafurri. La sentencia n. 20 del 11 de junio de 1927 condenó:
- Gino Lucetti a 30 años de reclusión, en cuanto ejecutor material del atentado
- Leandro Sorio a 20 años por “complicidad no necesaria”
- Stefano Vatteroni a 18 años y 9 meses también por concurso
La fórmula de la “complicidad no necesaria” es jurídicamente importante: se aplicaba a quien, sin haber participado directamente en la ejecución del delito, hubiera prestado ayuda material (como hospedaje) o moral al culpable, pero en una forma no indispensable para el éxito de la acción. En cuanto a las pruebas efectivamente recogidas contra Sorio, eran tenues: la propia sentencia admitía que “en contra” de Sorio y Vatteroni “solo se puede probar que son amigos de Lucetti”. El propio Lucetti, por lo demás, durante toda la instrucción y el proceso nunca pronunció el nombre de ningún cómplice, sosteniendo que había actuado solo. La condena fue, en gran medida, un acto de ejemplaridad política: se quiso golpear a la red anarquista romana, y Sorio —el “factótum” del hotel— era el rostro más disponible sobre el cual infligir la pena.
Veinte años de cárcel por haber hospedado a un amigo en una habitación de hotel: la desproporción entre acusación y condena es la marca de una justicia política.
La cárcel: diez años de celdas
Leandro Sorio cumplió su condena en varias cárceles de la península. Las fuentes no aportan la lista completa, pero mencionan específicamente su permanencia en la cárcel de Civitavecchia, descrita como “cárcel dura” y considerada particularmente dura para su salud física. Es probable que, como otros condenados políticos de la época, haya conocido también Regina Coeli en Roma, Fossombrone en las Marcas, y los otros penitenciarios del sistema concentracionario fascista.
Una nota de la Brescia anticapitalista refiere que durante estos años Sorio fue “aislado de amigos y familiares”, una condición de privación afectiva además de física. La correspondencia de los detenidos políticos era sistemáticamente interceptada, las visitas limitadas, las lecturas controladas. El régimen fascista aplicaba a los adversarios un trato orientado a desgastarlos psicológicamente, además de físicamente.
Las fuentes convergen en un dato significativo: “Sorio en prisión robustece y endurece la propia fe política”. La detención no lo doblega, al contrario, lo radicaliza. Sale de la cárcel más convencido de sus ideas anarquistas de cuando había entrado —un fenómeno común a los detenidos políticos de aquellos años, que en las celdas fascistas continuaban leyendo, discutiendo y formándose.
El confinamiento: Ponza y Tremiti, 1937-1943
En febrero de 1937, tras diez años de reclusión, Leandro Sorio es amnistiado con ocasión de una de las periódicas gracias concedidas por el régimen. Sin embargo, la libertad le dura una semana. Los carabineros lo detienen de nuevo señalando a la prefectura “su irreductible peligrosidad”. La lógica del sistema es simple: la pena formal ha vencido, pero el vigilado sigue siendo un anarquista militante y, por lo tanto, debe ser de todos modos retirado de la circulación.
El instrumento utilizado es el confinamiento policial, instituto introducido por las leyes de 1926 que permitía a las Comisiones Provinciales asignar a un ciudadano a una localidad remota —típicamente una isla— por un periodo de hasta cinco años, prorrogable, sin proceso. En septiembre de 1937 Sorio es enviado primero a Ponza y luego a las islas Tremiti, dos de las principales colonias de confinamiento del régimen, donde se reunía la densa comunidad de los adversarios políticos: anarquistas, comunistas, socialistas, giellistas, eslavos de la frontera oriental.
En las Tremiti, donde pasaría buena parte del confinamiento, Sorio frecuenta “principalmente elementos anarquistas” —sus compañeros históricos de militancia— pero también comunistas como Umberto Terracini y Mauro Scoccimarro, dos figuras destacadas del Partido Comunista de Italia que también estaban confinados en las mismas islas. Es un detalle precioso: nos dice que la convivencia forzada creaba en las colonias de confinamiento un laboratorio político inesperado, donde hombres de tradiciones distintas se confrontaban, discutían, a veces chocaban, pero con igual frecuencia construían amistades y vínculos que durarían más allá de la Liberación. Terracini llegaría a ser presidente de la Asamblea Constituyente en 1947; Scoccimarro sería ministro de Finanzas. Sorio volvería a Brescia.
En junio de 1942, al vencimiento de su periodo de confinamiento, los funcionarios deciden retenerlo más tiempo “por razones bélicas”: Italia está en guerra y los subversivos no pueden ser liberados. Solo en agosto de 1943, tras la caída del fascismo y la detención de Mussolini (25 de julio de 1943), la prefectura registra el regreso de Sorio a Brescia.
La Resistencia bresciana, 1943-1945
Sorio tenía cuarenta y cuatro años cuando volvió a pisar la ciudad. Diecisiete años transcurridos entre cárcel y confinamiento —de 1926 a 1943— habían dañado gravemente su físico, en particular a causa de la cárcel de Civitavecchia. Sin embargo, no se detuvo. Pocos días después de su regreso, el 8 de septiembre de 1943, Italia firmó el armisticio con los aliados y el país se precipitó en la guerra civil: en el norte nacía la República Social Italiana, el Estado títere de Mussolini bajo control alemán; en los valles y las ciudades comenzaba la Resistencia armada.
En Brescia, una de las primeras ciudades de la Italia septentrional en la que se organizó el movimiento partisano, Leandro Sorio tuvo que pasar a la clandestinidad con la llegada de la RSI, y colaboró activamente con la Resistencia bresciana como enlace. El papel de “enlace” —término técnico del léxico partisano— indicaba a quien hacía de lanzadera entre las formaciones armadas en las montañas y las redes urbanas de apoyo (proveyendo víveres, armas, información, documentos falsos). Era una tarea peligrosa y fundamental, particularmente apta para un hombre como Sorio: maltrecho físicamente pero con años de clandestinidad a sus espaldas, conocido y de confianza en los ambientes obreros y antifascistas de la provincia.
Las fuentes no especifican en qué formación partisana operaba, pero dada su militancia anarquista es probable que gravitara en torno a las Brigadas Matteotti (de área socialista-libertaria) o a las formaciones mixtas de Val Trompia y Val Camonica, los valles brescianos que fueron escenario de intensa actividad de resistencia. La Resistencia bresciana —que pagó un tributo de sangre muy alto en los veinte meses entre septiembre de 1943 y abril de 1945— vio la participación de anarquistas, comunistas, católicos, accionistas, en una movilización plural que reconstituía, tras veinte años de dictadura, el tejido de la democracia de base.
La posguerra en Tavernole sul Mella
Liberada Brescia el 27 de abril de 1945, Leandro Sorio no eligió la carrera política. Mientras que muchos de sus compañeros de confinamiento —Terracini, Scoccimarro, Pertini, Pajetta— entraban en las instituciones de la nueva Italia republicana, él tomó un camino distinto. Se trasladó a casa de su hermana, en Tavernole sul Mella, un pequeño municipio de Val Trompia (provincia de Brescia), donde el valle del río Mella se estrecha entre montañas boscosas.
En Tavernole —una localidad rural de pocos miles de habitantes, lejos de los reflectores de la política nacional— Sorio aplicó concretamente sus ideales anarquistas al trabajo cotidiano. Dio vida a la primera cooperativa entre trabajadores del Alto Valle, un experimento de autogestión obrera que ponía en práctica los principios históricos del mutualismo libertario: trabajo común, distribución equitativa, decisiones democráticas, independencia de la patronal y del Estado. Las fuentes aluden al “ostracismo del que es objeto en los primeros años de la posguerra” —señal de que, en un valle donde las viejas relaciones de fuerza no habían cambiado tanto, un anarquista de regreso del confinamiento no era bienvenido por todos.
Sorio permaneció fiel a sus ideales hasta el final. No renegó de su militancia, no se convirtió a partidos más moderados, no buscó honores. Continuó “profesando su credo político” —como escriben las fuentes— en la forma más coherente que le era posible: trabajando, organizando, viviendo como anarquista en un pequeño valle bresciano, con la dignidad obstinada de quien ha pagado veinte años de cárcel por sus ideas y no tiene intención de renegar de ellas en la posguerra.
Leandro Sorio murió en Tavernole sul Mella el 14 de diciembre de 1975, a los setenta y seis años. Bresciaoggi le dedicó una breve necrológica al día siguiente.
Las huellas en la memoria
La figura de Leandro Sorio es citada en diversas obras de historia del antifascismo italiano. Su biografía está recogida en el ya citado Dizionario biografico degli anarchici italiani (Pisa, BFS, 2000), obra de referencia internacional para la historia del anarquismo italiano. Es mencionado en estudios especializados como Kathy E. Ferguson, Emma Goldman: Political Thinking in the Streets (Rowman & Littlefield, 2011, p. 43), y en el volumen de Pierre Vareilles sobre los atentados políticos del siglo XX. Aparece en las reconstrucciones históricas del atentado de Lucetti, cada vez que la historiografía recorre los hechos de Porta Pia.
En un valle bresciano, donde vivió los últimos treinta años, su nombre es recordado por los ambientes del antifascismo local y por la tradición cooperativa del Alto Valle. Pero el suyo es un nombre que —como el de tantos militantes de base del siglo XX— ha sido en gran parte absorbido por la memoria colectiva sin convertirse en un nombre de portada.
Una huella bresciana del apellido Sorio
En lo que respecta al apellido Sorio en particular, el caso de Leandro es significativo por una razón precisa: es la principal atestación del siglo XX del apellido fuera del Véneto. Brescia es, en efecto, la primera gran ciudad lombarda que se alcanza desplazándose hacia el oeste desde el núcleo originario vicentino-veronés del apellido, y la llegada de un núcleo familiar Sorio a Brescia entre finales del ochocientos y comienzos del novecientos —los padres de Leandro debían haberse establecido allí al menos algunos años antes de 1899, año de su nacimiento— es coherente con el modelo general de migración interna véneto-lombarda ligada a la industrialización bresciana de finales del ochocientos. Brescia, con sus acerías, sus armas, su siderurgia, atraía mano de obra de la llanura véneta, del Bergamasco, de la Valtellina.
No podemos decir con certeza, a partir de las fuentes disponibles, de qué rama véneta específica provenía la familia bresciana de Leandro Sorio. Una investigación genealógica dirigida a los archivos parroquiales del barrio de Chiesanuova de Brescia podría sacar a la luz los nombres de sus padres y, desde allí, la huella del pueblo véneto de procedencia. Es una indagación que queda abierta para quien quiera asumirla.
Lo que queda cierto es que, a través de Leandro Sorio, el apellido véneto entra en la historia italiana del siglo XX por una puerta lateral y dramática: la de la represión fascista, del Tribunal Especial, de las islas del confinamiento, de la Resistencia partisana, del largo y silencioso compromiso cooperativo de la posguerra. Una vida, la suya, que merece ser recordada junto a las de los Sorio más antiguos y más ilustres —no por la grandeza de sus gestos, sino por la coherencia con que un joven camarero bresciano llevó adelante, a través de veinte años de galera y medio siglo de militancia, la idea que había hecho suya a los veinte años.
Fuentes consultadas: Dizionario biografico degli anarchici italiani (Biblioteca Franco Serantini, Pisa, 2000); voz “Leandro Sorio” en Wikipedia italiana; “L’altra Brescia. I nostri: Leandro Sorio, l’anarchico che collaborò con Lucetti all’attentato a Mussolini”, en Brescia Anticapitalista, 4 de agosto de 2022; Bresciaoggi, 15 de diciembre de 1975; Adriano Dal Pont et al., “Aula IV. Tutti i processi del Tribunale Speciale fascista”, Milán, ANPPIA/La Pietra, 1976, sentencia n. 20 del 11 de junio de 1927; Biblioteca Franco Serantini, ficha biográfica “LUCETTI, Gino”; Kathy E. Ferguson, “Emma Goldman: Political Thinking in the Streets”, Rowman & Littlefield, 2011.